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De apuestas deportivas, amaños y árbitros comprados por las mafias

Publicado por Guillermo Ortiz en Jot Down

Después de perder en primera ronda ante el alemán Benjamin Becker , Nikolay Davydenko atiende a los medios en la sala de prensa de Wimbledon. Las preguntas no tienen que ver con su bajón de forma después de un gran comienzo de año que le ha asentado en el número cuatro del mundo ni con los veintisiete años cumplidos apenas unos días antes. La prensa necesita saber qué pasa con el escándalo de Sopot, la investigación que la ATP está llevando contra él y las posibles consecuencias del amaño.

Davydenko parece a la vez nervioso y hastiado. Hombre duro, prototipo de la imagen de ruso que conocemos de las películas, acostumbrado a jugar más de veinte torneos al año con tal de rascar algo más de dinero, algo más de estatus, Nikolay no puede sino contestar evasivas. «Puede que le dijera algo a mi esposa, no sé, algo del tipo que no quería seguir jugando o que me iba a retirar del partido. Como en Sopot hay tanto ruso, igual alguien lo oyó y por eso cambiaron las apuestas».

Incluso en un mundo como el del deporte profesional, donde estamos acostumbrados a las excusas más peregrinas, esta resulta especialmente ridícula. Puede ser que Sopot, en la costa norte de Polonia, pegado al mar Báltico, sea un lugar habitual de veraneo para miles de rusos y puede también que Davydenko, en un momento de desesperación, se dirigiera a la grada para decirle a su mujer que no se encontraba bien. Lo que está claro es que las apuestas no cambiaron por eso. De hecho, las apuestas siempre estuvieron en su contra, pero solo se doblaron hasta llegar a los centenares de miles de dólares cuando acabó el primer set y se dispararon todas las alarmas.

Pongámonos un poco en contexto: el torneo de Sopot, disputado en tierra batida en pleno verano polaco, no es precisamente el foco de todas las miradas. Davydenko llega como cabeza de serie número uno y vence fácilmente su encuentro de primera ronda. En segunda, le espera el argentino Martín Vasallo Argüello . Vasallo Argüello es el típico journeyman , un jugador de clase media-baja que se maneja con cierta soltura en arcilla como casi todos sus compatriotas, y que se mantiene a duras penas entre los cien primeros del mundo, en concreto ocupa el número 87.

El partido empieza como todo el mundo espera: Davydenko no da opciones desde el fondo de la pista y en poco más de media hora se lleva el primer set por un contundente 6-2. Nada hace pensar en una lesión, siquiera una molestia, pero en ese mismo instante, justo cuando las casas de apuestas rebajan aún más la cuota del favorito y elevan hasta una cifra casi testimonial la del aspirante, las apuestas empiezan a llegar de todas partes. Miles de apuestas, todas a favor del argentino, el hombre que está más de ochenta puestos por detrás de la clasificación y que acaba de ser arrasado en la primera manga.

La avalancha de dinero apostado es tal que Betfair tiene que suspender la cotización y los hechos le acaban dando la razón: Vasallo Argüello gana el segundo set por 6-3 y cuando se adelanta 2-1 en el tercero, Davydenko, muy oportunamente decide retirarse. Entre nueve cuentas con origen en Rusia suman 1,5 millones de dólares de ganancias y otros dos jugadores desconocidos se llevan 6 millones de una tirada. Obviamente, la casa de apuestas empieza a llamar como loca a todos los teléfonos disponibles para avisar del posible amaño. El caso es tan escandaloso que pronto sale a la luz. Los jugadores, por supuesto, dicen no saber nada y cuando hablan la cosa empeora.

La investigación se centra entonces en el entorno: la ATP pide a la mujer del jugador y a su hermano, a la sazón su representante, un listado de llamadas y el acceso a las conversaciones mantenidas los días previos al partido. Ambos se niegan y apelan la decisión ante un juez. Después de una semana, el veredicto les es contrario: la duda es suficientemente razonable como para que tengan que dar ese listado y permitan el acceso a las grabaciones.

Demasiado tarde. Para entonces, la compañía telefónica, en nombre de la protección de datos, ha borrado ya todos los registros. El caso queda por tanto sin pruebas definitivas y pocas semanas después de la citada derrota en Wimbledon, Davydenko es absuelto de todos los cargos y puede seguir con su carrera, que llegará a su apogeo en 2009 con la victoria en la Masters Cup, antes de empezar un rápido ocaso que le alejará de los primeros puestos del ranking .

Aparte del caso Davydenko, otros cuarenta y cinco partidos muestran unos patrones de apuestas poco racionales, exageradamente sospechosos. Tampoco hay culpables. Los casos como siempre se cierran en falso y el tema de las apuestas en el tenis desaparece justo cuando empieza a triplicarse y cuadriplicarse la demanda online . Europa avista el problema, lo señala pero se hace a un lado: en 2009, la UEFA anuncia la investigación de decenas de partidos de distintas ligas y competiciones europeas de clubes. Los resultados no son concluyentes. Cuatro años antes, en el inicio de toda esta pesadilla ludópata y mafiosa a la vez, el fútbol belga se estremeció ante el control de Ye Zheyun , empresario chino que se encargaba de comprar clubes con problemas económicos para manejarlos después a su antojo en el mercado de apuestas.

Ese mismo 2005, en Alemania estalló el famoso caso Bochum de arbitrajes comprados en la Copa y categorías inferiores y por supuesto el llamado Moggigate en Italia, es decir, el amaño sistemático de partidos por parte de Luciano Moggi , la mano que mecía la cuna de la Juventus de Turín. Italia ya había tenido sus problemas con las apuestas —en este caso las quinielas— con los escándalos del Tottonero de 1980 en el que se vio implicado incluso el Milan y de 1986, con el Udinese como principal sospechoso.

Nada comparado, en cualquier caso, con la tradición estadounidense.

De Hemingway a Tim Donaghy

Puede que baste con haber visto El golpe para entender la relación entre deporte, apuestas y mafia en los años veinte y treinta. Si uno quiere más información, tiene los primeros relatos de Ernest Hemingway tras volver de la I Guerra Mundial sobre carreras de caballos amañadas o la inagotable bibliografía en torno a tongazos del mundo del boxeo. Cuando se habla de amaños y apuestas en Estados Unidos, el primer nombre que suele salir es el de los «Black Sox», el grupo de ocho jugadores de los Chicago White Sox, encabezados por Eddie Ciccote , que en 1919 acordaron dejarse ganar el título ante los Cincinnati Reds pese a ser clamorosos favoritos.

Este escándalo precedió a otros, casi todos en el popular deporte universitario norteamericano: en 1951 se descubrió que el City College de Nueva York, campeón de la NCAA el año anterior, formaba parte de una red de apuestas para arreglar no ya el ganador del partido sino su resultado exacto, es decir, que si alguien les contactaba diciendo: «Tenéis que ganar por menos de ocho» se dejaban la vida en que el equipo contrario les remontara. El City College no fue el único implicado aunque sí el único en abandonar su programa de baloncesto como consecuencia del escándalo: hasta veinte jugadores universitarios fueron arrestados y condenados, incluyendo miembros de los equipos de la Universidad de Columbia y la prestigiosa Universidad de Kentucky, el gran equipo de finales de los años cuarenta.

Más de treinta años después se repetía la historia en la Universidad de Tulane. John «Hot Rod» Williams , quien fuera años más tarde uno de los jugadores mejor pagados de la NBA en los Cleveland Cavaliers, era detenido junto a otros tres compañeros por amañar partidos a cambio de dinero y cocaína. Un defecto de forma evitó su entrada en prisión y les permitió seguir con sus carreras, pero la sensación de que el baloncesto estadounidense estaba tan podrido como los establos de Belmont flotaba en el ambiente, sensación que se confirmó definitivamente con la detención en 2007 del árbitro Tim Donaghy .

El caso de Donaghy es un claro ejemplo de cómo maneja la NBA sus relaciones públicas. Prácticamente nadie recuerda el nombre y apenas se habla de lo que sucedió con este árbitro durante al menos dos temporadas, las que fueron de 2005 a 2007. Acuciado por las deudas en el juego, Donaghy decidió acudir a una banda de apostadores para ajustar los resultados de los partidos. De nuevo, no era cuestión de determinar el ganador sino la diferencia de puntos, algo mucho más complicado de detectar.

Donaghy arbitró sesenta y ocho partidos en la temporada 2005/2006 y otros 63 en la 2006/2007, años descritos por el columnista de la ESPN, Bill Simmons , como «los más duros para la liga desde la era de la cocaína en los ochenta». Que el arbitraje era horrible lo veía todo el mundo, que organizaciones mafiosas estuvieran detrás de las decisiones era impensable. Sin embargo, Donaghy, famoso especialmente por su lamentable arbitraje en el tercer partido de las series entre los Spurs y los Suns de 2007, acabó siendo arrestado por el FBI y confesó, lo que le llevó a la cárcel durante quince meses.

Años después, sacaría un libro, Personal foul , en el que explicaba hasta qué punto el arbitraje en la NBA era permeable a este tipo de ofertas y señalaba varios partidos como susceptibles de haber sido comprados o directamente dirigidos desde la oficina de David Stern para asegurar su resultado, en concreto las escandalosas series por el título que los Dallas Mavericks de Mark Cuban y Dirk Nowitzki perdieron incomprensiblemente ante los Miami Heat.

Todas estas acusaciones, todos estos escándalos en una «industria» que mueve billones de dólares en todo el mundo, están destinadas a perderse como lágrimas en la lluvia. De vez en cuando, algún periodista valiente como Nacho Mühlenberg investiga las penurias de los torneos challengers de la ATP y cómo dejarse ganar un set o un par de juegos ofrece unas ganancias hasta diez veces mayores que vencer el torneo, una manera de ganarse la vida que no puede limitarse a casos esporádicos.

Da igual. Nadie habla. De vez en cuando algún nombre, algún caso, y siempre de desconocidos. Eso es todo.

Al otro lado del ordenador

En cualquier caso, esto no tendría sentido sin los apostadores. Probablemente, mientras usted iba leyendo este artículo haya estado echando un vistazo a Livescore, buscando el resultado de algún partido de tenis o de baloncesto o de la liga inglesa, italiana, francesa… consultando de vez en cuando exactamente cuál era la apuesta que hizo de madrugada según llegaba a casa, convencido de que esta vez no podía fallar y que si fallaba, total, no era más que un entretenimiento.

Salir a pasear por cualquier barrio de Madrid supone encontrarse con decenas de casas de apuestas y casinos cada pocos metros. Y cuando digo «pocos» quiero decir pocos, no es una frase hecha. La tentación está en todos lados y más desde la regularización gubernamental del juego online en 2012. Si uno quiere ver un partido por televisión sabe que tendrá a Roberto Álamo , uno de los mejores actores de este país, con múltiples galardones como el Goya o el Max de teatro, anunciando las virtudes del juego compulsivo, la emoción de poder apostar en veinte campos a la vez y gritar «uyyyyy» al borde del infarto.

Durante el partido, Carlos Martínez y Michael Robinson le recordarán a cuánto está la cuota para el siguiente gol mientras en la radio hablarán de las ganancias posibles si el marcador se queda como está. En el descanso puede que veamos a Ronaldo o a Rafa Nadal explicando lo bien que se lo pasan jugando al póquer en determinada web especializada.

La incitación a la ludopatía está en todos lados y es terrible, cebándose especialmente con los adolescentes. Según la Universitat de Valencia y la Fundación Codere, hasta el 18% de los menores de edad apuestan desde su ordenador. Como dice Beatriz Arce en su artículo del diario El País : «Si es más fácil jugar en un casino online que falsificar las notas del colegio, ¿qué podemos esperar?». Efectivamente, gastar miles de euros en pocas horas es algo al acceso de cualquiera y jaleado desde todos los altavoces. Los recientes estudios de la Dirección General de Ordenación de Juego, recogidos en múltiples medios exponen un negocio que en España cuenta con un millón y medio de usuarios registrados y más de tres mil millones de euros jugados a lo largo de 2014. Contando los casinos presenciales, la adicción al juego supone un 3% del PIB, con unas cifras que superan ampliamente los treinta mil millones de euros.

Resulta chocante que mientras los anuncios de alcohol y tabaco han sido estrictamente regulados por ser causa de adicción, los anuncios de casas de apuestas y casinos no solo no sufren regulación alguna sino que aparecen justo en los entornos que favorecen el juego descontrolado, como retransmisiones deportivas o diarios especializados. La mayoría de los jugadores apuesta por sentir la adrenalina del riesgo, algo que ya sucedía con las tragaperras o las quinielas pero sin tener que esperar a que acaben quince partidos repartidos en dos días distintos. Lo más parecido a las apuestas es sin duda la droga, un tiro al cerebro que dura lo que tarda en llegar la decepción de la derrota y la necesidad de solapar esa decepción con otra dosis más alta.

Se puede argumentar que la ludopatía, a diferencia del alcohol al volante o el tabaco para el fumador pasivo, no causa riesgos para los demás, pero son incontables los casos de jóvenes que roban a sus padres, a sus abuelos, a quien sea, con tal de conseguir efectivo que llevar a la siguiente casa de apuestas, o que falsifican un DNI y cogen la tarjeta de crédito de uno de sus familiares o amigos para poder registrarse en Bwin o Bet365 o 888sport o Betfair, Marca Apuestas, William Hill…

Para aumentar la sensación de que se puede ganar, que se puede vivir de esto, ha surgido la figura de los llamados tipsters o expertos, entre ellos también conocidos periodistas, que dan consejos de forma gratuita o incluso pagando. Es algo parecido a la figura del dealer pero un dealer , en la mayoría de los casos, inconsciente de su papel en la ruleta.

El consejo más habitual cuando hablamos de apuestas es que hay que centrarse en un deporte o una liga que conozcas bien y que te ciñas a tu especialidad. Está bien pensado. El problema es cuando te cruzas con un Davydenko, un «Hot Rod» Williams o un Tim Donaghy que deciden ser jueces y parte. Sacar tajada. Ya saben, la primera corre a cargo de la casa… después, la banca siempre gana. Es lógico, tiene más recursos.

 

Fuente:http://www.jotdown.es/2015/05/de-apuestas-deportivas-amanos-y-arbitros-comprados-por-las-mafias/